“Muchos sordos están alejados de la vida de la
Iglesia porque no pueden participar de la misa. Sienten que nadie los
acepta y eso los lleva a un verdadero resentimiento”, observa el padre
Miguel Angel Abdo, que, como hipoacúsico, conoce más que nadie esa
realidad.
Para superar esta valla, el sacerdote inauguró las misas rezadas en
lenguaje de señas, que se ofician todos los domingos, a las 19, en la
Catedral, de donde él es vicario parroquial. Ahora está abocado -junto
a Alicia Paz, también con capacidades especiales- a la apertura de una
Pastoral para Discapacitados, que tiene como objetivo hacer más fácil
la comunicación y el acercamiento de todos los fieles a la Iglesia.
Experiencia personal
El padre Abdo padeció en carne propia las barreras de la discapacidad.
A los cuatro años una ignota enfermedad redujo a un 30% su audición.
Desde entonces su familia se esforzó por integrarlo a la escuela común,
aunque siempre desde colegios privados porque en los establecimientos
estatales no era aceptado, según cuenta.
Sus padres ansiaban que, al menos, lograra terminar el secundario. Pero
el joven Miguel ambicionaba mucho más. Quería ser sacerdote, vocación
que despertó a los 14 años, pero recién a los 17 se animó a comentar.
“Se lo conté a mi confesor, que me respondió: ‘¿para qué sufrir?’ Según
él no iba a encontrar ninguna puerta abierta debido a mi discapacidad.
Decepcionado, me inscribí en la Facultad de Arquitectura de la UNT, y
para que mi problema no volviera a ser un impedimento, mentí en el
formulario de inscripción. Donde me preguntaba si era discapacitado
dije que no”, sonríe con un gesto de picardía.
El padre Abdo dejó su Santiago del Estero natal y se vino a vivir a
Tucumán con sus dos hermanos. Estudió y se recibió a los 26 años.
“Ejercía y me iba muy bien”, cuenta con orgullo. Pero la vocación
religiosa seguía siendo su cuenta pendiente. “Hasta que cierta vez, una
amiga comentó delante de un sacerdote que yo era un talento enterrado.
El se interesó por mí y me alentó a cumplir mi deseo. Emprendí mi
camino, pero a duras penas. Mi confesor tenía razón en que me iban a
cerrar las puertas. En Santiago del Estero ninguna congregación quiso
aceptarme”, recuerda.
“Hasta que un buen día, con la ayuda de un sacerdote amigo, entré al
Seminario Mayor de Tucumán. El rector, que hoy es el obispo de
Catamarca y que también fue mi asesor espiritual durante mi militancia
en la Acción Católica Universitaria, me recibió con los brazos
abiertos. Yo tenía 33 años cuando empecé mi formación sacerdotal”,
señala el religioso, feliz de poder contar su historia.
El padre Abdo se ordenó sacerdote el año pasado, a los 39 años. Como
cualquier cura oficia misa y confiesa, y dos días a la semana hace
guardia en el Servicio Sacerdotal de Urgencia.
“Nunca me sentí discapacitado ni dejé que me miraran con lástima
-sostiene-. Mi familia me sobreprotegía y eso me molestaba un poco,
pero llegó el día en que les demostré que ya no era necesario
-prosigue-. Entonces mi madre les dijo a mis hermanos -que vivían
pendientes de mí- : ‘déjenlo solo, él está feliz’”.